sábado, 1 de julio de 2017

“EL GRITO” - INSEGURIDADES Y SEGURIDADES (COLABORACIÓN)



Le faltaban dos o tres pasos para llegar a la puerta cuando se dio cuen­ta. En vano se tamboreó los bolsillos, esperando un tintineo que nunca iba a llegar. "Las llaves... la puta que lo parió". Economía de pensamiento. "La puta que lo parió…" volvió a pensar, esta vez moviendo los labios, pero sin ningún sonido. Era lo único que se le ocurría pensar. Cuatro o cinco palabras que condensaban todo el día. No hacía falta más a esa hora de la noche. No cabían más reflexiones. A lo sumo patear algo que hubiera en la vereda, pero no había nada colaborando con su infinita pa­sividad de cosa que se preste a recibir un soberano voleo.

Tras la puerta se veía el ascensor, en planta baja. Pocos metros para arriba estaba ella. No hacía falta un gran esfuerzo de imaginación para verla. Entre la cocina y el living, poniendo la mesa. El
televisor encendido, la plancha con churrascos que le humean al spar roto, como desafiando. Campaneando como distraída el reloj de cuando en cuando. Como para que no se note que lo está esperando. Que no va a estar tranquila hasta que él llegue. Disimulando para nadie, para las fotos de la biblioteca, pa­ra el salero que ya está listo sobre la mesa. Un teatrito chiquito, como pa­ra engañarse a sí misma. Y a cada rato, esa sensación de estar por escuchar las llaves girando la cerradura.

"Las llaves y la puta madre...". Las había dejado en el estante, debajo del mostrador. Le molestaba tenerlas todo el día en el bolsillo. Y con todo el asunto nunca las agarró. Tenía las del quiosco en la campera, pero no servían de mucho. Las cerraduras son hembras de un solo macho, que es el único que las da vuelta. "¿Cómo carajo hacen los chorros para en­trar en cualquier lado?". Levantó la cabeza, como para ver un balcón que nunca tuvieron, el departamento estaba en el contrafrente del edificio. "Soy un Romeo de cuarta...", pensó.

Podía hacer dos cosas. Una tocar el portero, decirle "Negra, me olvidé las llaves. Baja a abrirme". Porque ahora había que bajar a abrir la puerta, por una cuestión de seguridad, estaba cerrada con llave todo el día. La otra era volver al quiosco. Pero ninguna convenía. Si le pedía que baje, algo iba a sospechar. Nunca se había olvidado las llaves, y ella sabía sa­carle de mentira a verdad. Como un sacacorcho, le daba un par de vueltas y ¡plop! ahí iba él desparramando el vino sobre el mantel. No era buena idea tocar el portero. ¿Volver al quiosco? No. Tenía que tomarse el bondi- y a esa hora escaseaban como la buena voluntad. Iba a tardar mucho, no sólo la iba a preocupar más, la iba a alentar a preguntar. Eso y llegar con la nariz sangrando era casi lo mismo. Y se había cuidado tan bien de lavarse, que era tirar todo por la borda.

Se acercó al vidrio de la puerta. Si justo alguien entrara o saliera, el viejo del primero, por ejemplo. Si lo dejara pasar... podía hacer ruido en la ce­rradura del departamento con las llaves del quiosco, y ella, siempre apu­rada por todo, correría a abrirle la puerta para desembarazarlo de su tor­peza. El la miraría con aire de estúpido y le diría: "Qué salame. Me confundí de llave. Estas son las del quiosco". La besaría, se sentarían a la mesa. Mirarían la tele. Hablando poco y nada, se irían a la cama. Y a la mañana, temprano, más temprano que de costumbre; usaría las llaves de ella para hacer una copia. Volvería, las dejaría en el mismo lugar, y enfilaría para el quiosco, como siempre.

Pero era más difícil que trepar por los balcones hasta el contrafrente. A esa hora había menos movimiento que en una clase de meditación trascen­dental. Además eran pocos los que lo conocían en el edificio, laburaba todo el día, y en las reuniones de consorcio brillaba por su ausencia. Se iban a creer que era un chorro. Tocar otro portero y explicar la situación iba a sonar a camelo, y si le creían a la larga ella se iba a enterar. Y toda la historieta era que ella no se entere. Para eso estaba, hace media hora, chupando frío y pensando disparates en la puerta del edificio.

La última vez, la anterior, se lo había contado. Y ella se había espantado. Mucho. Y desde entonces, todos los santos días sabía que ella lo esperaba preocupada. No se lo decía, pero se le veía en los ojos cada vez que lle­gaba. Y encima se la pasaba mirando los noticieros, con todas esas noti­cias de mierda. "Telenoche, seguro que está viendo Telenoche", pensó. Y agradeció que no haya habido cámaras de televisión hoy a la tarde. "Ventajas de vivir en el conurbano", pensó. Un asalto a un quiosco de la zona sur era poca cosa para un noticiero de las ocho.

Un golpe seco a la nariz. Y los dos cañones como los ojos de una bestia ciega, olfateándole la cabeza. Dos pendejos, más inexpertos
que él en el afano'. No era su primera vez. Hicieron la caja y un par de boludeces del mostrador. Y la ñata le chorreaba de bronca. En una hora iba a cerrar. Có­mo lo madrugaron. Ni se la vio venir. Y en la desesperación de lavarse y calmarse, las llaves ahí, mudas como el ascensor que ni amagaba a traer a alguien a la puerta.

Se sentó en el umbral, y se puso a hojear el diario, más para distraerse, para hacer tiempo. A la larga iba a tener que tocar el timbre, pero en ese momento no tenía ganas. Las hojas le pasaban de largo frente a sus ojos. Hasta que se detuvo. Habían robado dos cuadros de Edvard Munch, de un museo de Oslo, Noruega. "Tan fácil como robar un quiosco" decía el diario.

Se entró a cagar de risa, de tal manera que tuvo que agarrarse las meji­llas para calmarse.
Federico F.

e-mail: elsuburbano@com4.com.ar QUILMES Año V N° 184 (Semana de! 26-08 al 02-09 de 20041